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miércoles, 21 de enero de 2015

AMOR - Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

El amor, ¿a qué huele? Parece, cuando se ama,

que el mundo entero tiene rumor de primavera.
Las hojas secas tornan y las ramas con nieve,
y él sigue ardiente y joven, oliendo a la rosa eterna.

Por todas partes abre guirnaldas invisibles,
todos sus fondos son líricos -risa o pena-,
la mujer a su beso cobra un sentido mágico
que, como en los senderos, sin cesar se renueva...

Vienen al alma música de ideales conciertos,
palabras de una brisa liviana entre arboledas;
se suspira y se llora, y el suspiro y el llanto
dejan como un romántico frescor de madreselvas...

martes, 26 de noviembre de 2013

Juan Ramón Jiménez: El viento se ha llevado las nubes de tristeza

¡El viento se ha llevado las nubes de tristeza;
El verdor del jardín es un fresco tesoro;
Los pájaros han vuelto detrás de la belleza
Y del ocaso claro surje un verjel de oro!.
 
¡Inflámame, poniente: hazme perfume y llama;
- que mi corazón sea igual que tú , poniente! –
descubre en mí lo eterno, lo que arde, lo que ama,
... y el viento del olvido se lleve lo doliente !

viernes, 28 de octubre de 2011

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

¡Ese día, ese día
en que la muerte - ¡negras olas! – ya no me corteje

- y yo sonría ya, sin fin, a todo! [...]

Platero y yo: Juan Ramón Jiménez

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: "¿Platero?", y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...
Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel...

Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra... Cuando paseo sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

- Tien’ asero...
Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.