llé Eroriak era de cortos alcances, tardo en hablar, y había quien hallaba estúpida su sonrisa. Sus escasas palabras a menudo resultaban incoherentes y poca gente se molestaba en comprender lo que decía. Sin embargo, había un rayo de luz, fuerte y hermosa luz, que atravesaba el entramado de sus confusos pensamientos, y le hería dulcemente el corazón. Su grande, su extraordinaria imaginación le salvaba milagrosamente de la vida. También su ignorancia, y sobre todo, aquella fe envidiable y maravillosa. Ilé Eroriak creía en todo, profundamente.
Imagina una palabra, e imagina un millón. Flotan, y vuelan... Imagina una sensación, mientras sueñas, mientras lees. "Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acaba y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba,`por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido..."
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lunes, 30 de junio de 2014
Pequeño Teatro, Ana María Matute.
miércoles, 19 de febrero de 2014
Pecado de omisión ( Ana Maria Matute ).
Durmieron en el mismo chozo de barro, bajo los robles,
aprovechando el abrazo de las raíces. En el chozo sólo cabían
echados y tenían que entrar a gatas, medio arrastrándose. Pero se
estaba fresco en el verano y bastante abrigado en el invierno. El
verano pasó. Luego el otoño y el invierno. Los pastores no bajaban
al pueblo, excepto el día de la fiesta. Cada quince días un zagal
les subía la collera: Pan, cecina, sebo, ajos. A veces, una botella
de vino. Las cumbres de Sagrado eran hermosas, de un azul profundo,
terrible, ciego. El sol, alto y redondo, como una pupila
impertérrita, reinaba ahí. En la neblina del amanecer, cuando aún
no se oía el zumbido de las moscas ni crujido alguno, Lope solía
despertar, con la techumbre de barro encima de los ojos. Se quedaba
quieto un rato, sintiendo en el costado el cuerpo de Roque el
Mediano, como un bulto alentante. Luego, arrastrándose, salía para
el cerradero. En el mismo cielo, cruzados como estrellas fugitivas,
los gritos se perdían, inútiles y grandes. Sabía Dios hacia qué
parte caerían. Como las piedras. Como los años. Un año, dos,
cinco.
Fiesta al Noroeste (Ana Maria Matute).
Allí estaban de nuevo los bosques de robles, en las laderas los
chopos orgullosos, afilándose, verdes. En grupos, y, no obstante,
cada uno de ellos respirando su soberbia soledad, como los mismos
hombres. Aquellos hombres de Artámila.
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