lunes, 12 de marzo de 2012

Paul Auster, Brooklyn Follies.



"Sí, supongo que sí. Y acabarías lamentándolo durante todos los días de tu vida. No vayas por ese camino, Joyce. Intenta encajar los golpes. Lleva la cabeza alta. Que no te tomen el pelo. Vota a los demócratas en todas las elecciones. Pasea en bici por el parque. Sueña con mi cuerpo inigualable y perfecto. Toma vitaminas. Bebe ocho vasos de agua al día. Apoya a los Mets. Ve mucho al cine. No te mates a trabajar. Haz un viaje conmigo a París. Ven al hospital cuando Rachel tenga al niño y coge en brazos a mi nieto. Cepíllate los dientes después de cada comida. No cruces la calle con el semáforo en rojo. Defiende al débil. Hazte valer. Recuerda lo hermosa que eres. Acuérdate de lo mucho que te quiero. Bebe un whisky con hielo todos los días. Respira profundamente. Mantén los ojos abiertos. No comas grasas. Sueña el sueño de los justos. Recuerda cuánto te quiero".


"Yes, I suppose you could. And you'd wind up regretting it every day for the rest of your life. Don't go there Joyce. Try to roll with the punches. Keep your chin up. Don't take any wooden nickels. Vote Democrat in every election. Ride you bike in the park. Dream about my perfecto, golden body. Take your vitamins. Drink eight glasses of water a day. Pull for the Mets. Watch a lot of movies. Don't work too hard at your job. Take a trip to Paris with me. Come to the hospital when Rachel has her baby and hold my grandchild in your arms. Brush you teeth after every meal. Don't cross the street on a red light. Defend the little guy. Stick up for yourself. Remember how beatyful you are. Remember how much I love you. Drink one Scotch on the rocks every day. Beathe deeply. Keep you eyes open. Stay away from fatty foods. Sleep the sleep of the just. Remember how much I love you."

jueves, 8 de marzo de 2012

Paul Auster, Moon Palace

... algunos de estos libros son grandes, otros pequeños, unos son gordos, otros delgados, pero todos contienen palabras. Si lees esas palabras, puede que te ayuden en tu educación.

viernes, 2 de marzo de 2012

Pablo Neruda. Te Amo

Te amo,
te amo de una manera inexplicable,
de una forma inconfesable,
de un modo contradictorio.

Te amo
con mis estados de ánimo que son muchos,
y cambian de humor continuamente.
por lo que ya sabes,
el tiempo, la vida, la muerte.

Te amo...
con el mundo que no entiendo,
con la gente que no comprende,
con la ambivalencia de mi alma,
con la incoherencia de mis actos,
con la fatalidad del destino,
con la conspiración del deseo,
con la ambigüedad de los hechos.

Aún cuando te digo que no te amo, te amo,
hasta cuando te engaño, no te engaño,
en el fondo, llevo a cabo un plan,
para amarte mejor.

Te amo...
sin reflexionar, inconscientemente,
irresponsablemente, espontáneamente,
involuntariamente, por instinto,
por impulso, irracionalmente.

En efecto no tengo argumentos lógicos,
ni siquiera improvisados
para fundamentar este amor que siento por ti,
que surgió misteriosamente de la nada,
que no ha resuelto mágicamente nada,
y que milagrosamente, de a poco, con poco y nada
ha mejorado lo peor de mí.

Te amo,
te amo con un cuerpo que no piensa,
con un corazón que no razona,
con una cabeza que no coordina.

Te amo
incomprensiblemente,
sin preguntarme por qué te amo,
sin importarme por qué te amo,
sin cuestionarme por qué te amo.

Te amo
sencillamente porque te amo,
yo mismo no sé por qué te amo.

viernes, 3 de febrero de 2012

El amante, Margarite Duras


" Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo. La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud. Su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado. 
(...)
Entre los dieciocho y veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto, ese envejecimiento fue brutal. Ví como se apoderaba de mis rasgos uno a uno... He conservado aquel rostro nuevo. Ha sido mi rostro. Ha envejecido más por supuesto, pero relativamente menos de lo que hubiera debido. Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho... ha conservado los mismos contornos pero la materia está destruida. Tengo un rostro destruido... "


El amante: Marguerite Duras


La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie. Ya he escrito, más o menos, la historia de una reducida parte de mi juventud, en fin, quiero decir que la he dejado entrever, me refiero precisamente a ésta, la de la travesía del río. Con anterioridad, he hablado de los períodos claros, de los que estaban clarificados. Aquí hablo de los períodos ocultos de esa misma juventud, de ciertos ocultamientos a los que he sometido ciertos hechos, ciertos sentimientos, ciertos sucesos. Empecé a escribir en un medio que predisponía exageradamente al pudor. Escribir para ellos aún era un acto moral. Escribir, ahora, se diría que la mayor parte de las veces ya no es nada. A veces sé eso: que desde el momento en que no es, cada vez, confundiendo las cosas en una sola incalificable por esencia, escribir no es más que publicidad. Pero por lo general no opino, sé que todos los campos están abiertos, que no surgirá ningún obstáculo, que lo escrito ya no sabrá dónde meterse para esconderse, hacerse, leerse, que su inconveniencia fundamental ya no será respetada, pero no lo pienso de antemano.

El Principito. Antoine De Saint-Exupéry


Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos, y es el tiempo perdido con tu rosa lo que la hace importante 
(...)
Ah, principito, cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida melancólica! Durante mucho tiempo tu única distracción fue la suavidad de las puestas de sol. Este nuevo detalle lo supe al cuarto día, cuando me dijiste: 
-Me gustan mucho las puestas de sol; vamos a ver una puesta de sol 
-Tendremos que esperar 
-¿Esperar qué? 
-Que el sol se ponga. 
Pareciste muy sorprendido primero, y después te reíste de ti mismo. Y me dijiste: 
-Siempre me creo que estoy en mi tierra. 
En efecto, como todo el mundo sabe, cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se está poniendo el sol. Sería suficiente poder trasladarse a Francia en un minuto para asistir a la puesta del sol, pero desgraciadamente Francia está demasiado lejos. En cambio, sobre tu pequeño planeta te bastaba arrastrar la silla algunos pasos para presenciar el crepúsculo cada vez que lo deseabas. 
-¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces! 
Y un poco más tarde añadiste: 
-¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol. 
-El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad? 
Y principito no respondió. 
(...)
Para mi no eres todavía más que en muchachito semejante a 100.000 muchachitos. Y no te necesito, y tu tampoco me necesitas, no soy para ti más que un zorro semejante a 100.000 zorros, pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro, serás para mí único en el mundo, seré para ti único en el mundo. Si me domesticas, mi vida se llenará de sol, conoceré un ruido de pasos que será diferente a todos los otros...tus ruidos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. "

El Principito: Antoine De Saint-Exupéry


-Buenos días -dijo el zorro.
-Buenos días -respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta, pero no vio nada.
-Estoy acá -dijo la voz- bajo el manzano...
-¿Quién eres? -dijo el principito-. Eres muy lindo...
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-. ¡Estoy tan triste!...
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-. No estoy domesticado.
-¡Ah! Perdón -dijo el principito. Pero, después de reflexionar, agregó:
-¿Qué significa «domesticar»?
-No eres de aquí -dijo el zorro-. ¿Qué buscas?
-Busco a los hombres -dijo el principito-. ¿Qué significa «domesticar»?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen fusiles y cazan. Es muy molesto. También crían gallinas. Es su único interés. ¿Buscas gallinas?
No -dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa «domesticar»?
-Es una cosa demasiado olvidada -dijo el zorro-. Significa «crear lazos».
-¿Crear lazos?
-Sí -dijo el zorro-. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo...
-Empiezo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... Creo que me ha domesticado...
-Es posible -dijo el zorro-. ¡En la Tierra se ve toda clase de cosas...!
-¡Oh! No es en la Tierra -dijo el principito. El zorro pareció muy intrigado:
-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Es interesante eso! ¿Y gallinas?
-No.
-No hay nada perfecto -suspiró el zorro. Pero el zorro volvió a su idea:
-Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo...
El zorro calló y miró largo tiempo al principito:
-¡Por favor... domestícame! -dijo.
-Bien lo quisiera -respondió el principito-, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se conocen las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!
-¿Qué hay que hacer? -dijo el principito.
-Hay que ser muy paciente -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca...
Al día siguiente volvió el principito. -Hubiese sido mejor venir a la misma hora -dijo el zorro-. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito? -dijo el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días: una hora, de las otras horas. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. El jueves bailan con las muchachas del pueblo. El jueves es, pues, un día maravilloso. Voy a pasearme hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:
-¡Ah!... -dijo el zorro-. Voy a llorar.
-Tuya es la culpa -dijo el principito-. No deseaba hacerte mal pero quisiste que te domesticara...
-Sí-dijo el zorro.
-¡Pero vas a llorar! -dijo el principito.
-Sí-dijo el zorro.
-Entonces, no ganas nada.
-Gano -dijo el zorro-, por el color de trigo. Luego, agregó:
-Ve y mira nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver nuevamente a las rosas:
-No sois en absoluto parecidas a mi rosa: no sois nada aún -les dijo-. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Y las rosas se sintieron bien molestas.
-Sois bellas, pero estáis vacías -les dijo todavía-. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa a quien he regado. Puesto que es ella la rosa a quien puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa a quien abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Puesto que ella es mi rosa.
Y volvió hacia el zorro:
-Adiós -dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
-Lo esencial es invisible a los ojos -repitió el principito, a fin de acordarse.
-El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.
-El tiempo que perdí por mi rosa... -dijo el principito, a fin de acordarse.
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...
-Soy responsable de mi rosa... -repitió el principito, a fin de acordarse.

domingo, 15 de enero de 2012

Gabriel García Márquez: Cien años de soledad


Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construida a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. 
(...)


José Arcadio Buendía, que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus trescientos habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto.
(...)
Vio una mujer vestida de oro en el cogote de un elefante. Vio un dromedario triste. Vio un oso vestido de holandesa que marcaba el compás de la música con un cucharón y una cacerola. Vio a los payasos haciendo maromas en la cola del desfile, y le vio otra vez la cara a su soledad miserable cuando todo acabó de pasar, y no quedó sino el luminoso espacio en la calle, y el aire lleno de hormigas voladoras, y unos cuantos curiosos asomados al precipicio de la incertidumbre. Entonces fue el castaño, pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo. Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño.
(...)
En aquél Macondo olvidado hasta por los pájaros, dónde el polvo y el calor se habían hecho tan tenaces que costaba trabajo respirar, recluidos por la soledad y el amor y por la soledad del amor en una casa dónde era casi imposible dormir por el estruendo de las hormigas coloradas, Aureliano y Amaranta Ursula eran los únicos seres felices, y los más felices sobre la tierra.

Julio Cortázar: BESTIARIO


Carta a una señorita en París 

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

Leonard Cohen: Los hermosos vencidos


Ramón J. Sender: Réquiem por un campesino español


Recordaba Mosén Millán el día que bautizó a Paco en aquella misma iglesia. La mañana del bautizo se presentó fría y dorada, una de esas mañanitas en que la grava del río que habían puesto en la plaza durante el Corpus, crujía de frío bajo los pies. Iba el niño en brazos de la madrina, envuelto en ricas mantillas, y cubierto por un manto de raso blanco, bordado en sedas blancas, también. Los lujos de los campesinos son para los actos sacramentales. Cuando el bautizo entraba en la iglesia, las campanitas menores tocaban alegremente. Se podía saber si el que iban a bautizar era niño o niña. Si era niño, las campanas -una en un tono más alto que otra- decían: no és nena, que és nen; no és nena, que és nen. Si era niña cambiaban un poco, y decían: no és nen, que és nena; no és nen, que és nena. La aldea estaba cerca de la raya de Lérida, y los campesinos usaban a veces palabras catalanas. Al llegar el bautizo se oyó en la plaza vocerío de niños, como siempre. El padrino llevaba una bolsa de papel de la que sacaba puñados de peladillas y caramelos. Sabía que, de no hacerlo, los chicos recibirían al bautizo gritando a coro frases desairadas para el recién nacido, aludiendo a sus pañales y a si estaban secos o mojados. Se oían rebotar las peladillas contra las puertas y las ventanas y a veces contra las cabezas de los mismos chicos, quienes no perdían el tiempo en lamentaciones. En la torre las campanitas menores seguían tocando: no és nena, que és nen, y los campesinos entraban en la iglesia, donde esperaba Mosén Millán ya revestido. Recordaba el cura aquel acto entre centenares de otros porque había sido el bautizo de Paco el del Molino. Había varias personas enlutadas y graves. Las mujeres con mantilla o mantón negro. Los hombres con camisa almidonada. En la capilla bautismal la pila sugería misterios antiguos.

Ramón J. Sender: El bandido adolescente

Matar a un hombre no es ofenderlo. La muerte la lleva todo el mundo en la sangre desde que nace. Lo único que hacemos es adelantarle la fecha a nuestro enemigo para impedir que él haga lo mismo con uno. Eso es. Yo soy hombre de amistades, Pat. Digo que para mí el amigo lo es todo. Yo maté a Carlyle, pero es la vida la que nos mata a todos y adelantar la fecha o atrasarla nos quiere decir gran cosa. "

sábado, 17 de diciembre de 2011

Dolor Común, de Miguel de Unamuno

  Cállate, corazón, son tus pesares
de los que no deben decirse, deja
se pudran en tu seno; si te aqueja
  un dolor de ti solo no acíbares
a los demás la paz de sus hogares
con importuno grito. Esa tu queja,
siendo egoísta como es, refleja
tu vanidad no más. Nunca separes
tu dolor del común dolor humano,
  busca el íntimo aquel en que radica
la hermandad que te liga con tu hermano,
el que agranda la mente y no la achica;
solitario y carnal es siempre vano;
sólo el dolor común nos santifica.

Al Oído De Una Muchacha de Federico García Lorca

No quise.
No quise decirte nada.

Vi en tus ojos
dos arbolitos locos.
De brisa, de risa y de oro.
Se meneaban.
No quise.
No quise decirte nada.

JOSÉ MARÍA VALVERDE : El Umbral de Poemas de Amor y Románticos

Mírala aquí delante.
Es la playa donde empieza el extraño
mar de la realidad. Toma su mano breve
y déjate llevar sin preguntar.
Esta mirada clara
ya la habías soñado; este cabello
rubio tiene la luz de tu ilusión más niña,
y, sin embargo, nada se parece.
No te sirve, ahora tienes
que comenzar por la primera letra.
Anda, llama a tus sueños, amánsalos, resígnalos
a fermentar ya hacerse de verdad.
Y tú, sal de tu miedo
antiguo, corazón, pasa el umbral
sin agacharte, ten valor para la dicha,
acepta la hermosura; ya eres hombre.
Échate a las espaldas
tu cariño empeñado en ser amor,
tu ceguedad, tu mundo; toca a Dios en su peso,
única voz que de El podrás sentir.
Anda, obedece y calla,
porque para eso fuiste siempre niño
bueno y sumiso; haciendo la costumbre y el símbolo
de esta nueva obediencia más profunda.
Sí, ahora eres digno
de la vida. Hasta ella te ha elevado
tu soñar doloroso de adolescencia, como
una oración que pide lo que ignora.
Y no por prepararte
-ya ves todo qué extraño, qué distinto-,
sino por esa gota de nobleza en los ojos
con que vas a aprender la realidad.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Haruki Murakami: Kafka en la orilla

Tu corazón es como un gran río crecido tras un largo periodo de lluvias. Los postes indicadores del camino están, todos sin excepción sumergidos en la corriente, o tal vez hayan sido arrastrados a otro lugar oscuro. Y la lluvias sigue cayendo torrencialmente sobre el río. Y cada vez que veas en las noticias las imágenes de unas inundaciones pensarás ‹‹Sí, justo. Ése es mi corazón››
Haruki Murakami, Kafka en la orilla

Arthur Rimbaud: Sueño de invierno

En el invierno viajaremos en un vagón de tren con asientos azules.
Seremos felices. Habrá un nido de besos
oculto en los rincones.
Cerrarán sus ojos para no ver los gestos
en las últimas sombras, esos monstruos huidizos, multitudes oscuras de demonios y lobos.
Y luego en tu mejilla sentirás un rasguño...
un beso muy pequeño como una araña suave
correrá por tu cuello...
Y me dirás: «¡búscala!», reclinando tu cara -y tardaremos mucho en hallar esa araña, por demás indiscreta

jueves, 24 de noviembre de 2011

Henry David Thoreau

Me interné en los bosques porque quería vivir intensamente; quería ‘sacarle el jugo’ a la vida. Desterrar todo lo que no fuese vida, para así, no descubrir en el instante de mi muerte que no había vivido.
 Henry David Thoreau

"Tiempo de arena", Inma Chacón

Las últimas palabras de María Francisca fueron para sus hijos.
Ninguno de los que rodeaba la cama de la enferma conocía
la existencia de aquellos niños, pero, para sorpresa
de todos, María Francisca no dejaba de repetir.
—¡Mis hijos! ¡Mis hijos!
Murió como siempre había vivido, bajo la mirada atenta
de Mariana, su madre, tratando de evadirse de la presión de
su mano y sabiendo que la defraudaba una vez más, como
tantas otras a lo largo de su vida, con aquella muerte que
dejaba el marquesado de Sotoñal sin heredero legítimo,
una cadena que la amordazaba desde que abrió los ojos en
Filipinas hacía veintinueve años, cuando el archipiélago
aún pertenecía a la Corona de España.
Sobre la puerta de cedro de su habitación, oscura y fría
como todos los muebles que la rodeaban, colgaba una sobrepuerta
de madera semicircular con el dibujo de un ángel
que sujetaba dos pilas de libros, una con cada mano.
Los brazos ligeramente arqueados hacia delante, el cuerpo
erguido y las alas extendidas a su espalda, como abanicos
de seda. Delante de él, una bola de cristal donde se reflejaba
el lomo de un libro que se encontraba separado del resto,
colocado horizontalmente sobre el suelo. El único que
no rozaba las alas del ángel.
María Francisca miró la sobrepuerta y luego a su tía
Munda, quien se inclinó hacia su boca después de que ella
le indicara con un gesto que quería hablarle.
—¡Tienes que encontrarlos! ¡Diles que yo les quería!
¡Mis hijos! ¡Mis hijos!
Unos segundos después, la joven expulsó el poco aire
que le quedaba en los pulmones y dejó la mirada clavada
en el ángel del cuadro de madera.
Munda miró a su hermana mayor en busca de una explicación,
pero Mariana permanecía impasible, sujetando
la mano de su hija como si aún pudiera controlarla. Hacía
tres meses que la tuberculosis se había cebado en ella hasta
consumirla. La misma enfermedad que se había llevado a
su madre y a su padre. Una maldición que parecía haber
heredado la familia junto con el título que tanto le había
importado siempre a Mariana.
La marquesa le devolvió la mirada a Munda sin cambiar
el gesto. Ni una sola lágrima que nublara sus ojos azules, ni
un quejido por la muerte de su hija, ni un parpadeo. A
Munda no le extrañó aquella actitud, la había visto con demasiada
frecuencia. Mariana no lloraba. La última vez que
la había visto llorar fue ante el cadáver de su madre, aquel
cuerpo reducido y triste que nunca aceptó que el puesto
que había ocupado junto a su esposo no estuviera destinado
sólo a ella, sino a una cohorte de amantes con la que
debía compartirlo casi todo, excepto el título que la había
convertido en «la señora marquesa». No lloró cuando murió
su hijo, al poco tiempo de nacer en Manila, en brazos
de su nodriza tagala, asfixiado por un alfiler de plata que la
propia Mariana le había prendido en los volantes de la blusa;
estaba grabado con el escudo del marquesado, como todos
los objetos que pertenecían a la casa de Sotoñal. Tampoco
cuando murió su padre en el barco en que la familia
regresó de Manila en 1896, dos años antes de que los filipinos
se arrojaran en brazos de los estadounidenses creyen9
do que los ayudarían a ganar la independencia, sin saber
que éstos tratarían de eliminar todo vestigio español o indígena
que encontraran a su paso. Ni siquiera se le escapó
una lágrima cuando, a las pocas semanas de llegar a Toledo,
recibió la noticia de que su marido había muerto en
ultramar, junto con la mayoría de los soldados que capitaneaba
en contra de los insurrectos.
No. Mariana Camp de la Cruz no lloraba. No sabía y,
aunque hubiera sabido, su linaje no se lo habría permitido.
La nobleza no puede mostrar sus sentimientos, sería como
rebajarse hasta lo más primitivo, equipararse a la vulgaridad
de los que no tienen la obligación de defender un apellido,
una casta, un privilegio que lleva aparejadas algunas servidumbres.
Y controlar el llanto se encontraba entre ellas.
Munda era diferente. Había huido de toda esa hipocresía
hacía mucho tiempo. No soportaba las rigideces de un
protocolo que no escondía más que desigualdades e injusticia.
Desde que llegaron a Toledo procedentes de Manila,
hacía veintiséis años, sólo pensaba en escapar. La asfixiaban
los ojos vigilantes de su hermana. Su forma de querer
controlar cuanto sucedía a su alrededor, no sólo en la casa
familiar, sino también en aquella ciudad en la que la jerarquía
eclesiástica compartía la abundancia de las mesas de
quienes les negaban el pan y la sal a los que no tenían nada.
Su hermana pequeña, Alejandra, lloraba abrazada a su
sobrina y le dirigió a Mariana la pregunta que la propia
Munda no dejaba de hacerse.
—¿Qué ha querido decir?
Mariana se adelantó a cualquier conjetura antes de que
nadie se atreviera a sugerirla.
—Tenía muchísima fiebre. Estaba delirando.
Pero Munda no la creyó. Nadie que hubiera escuchado
la angustia de María Francisca la habría interpretado así.
10
—No se delira de ese modo ante la muerte. ¿Qué trataba
de decir? ¿De qué hijos hablaba?
—¿Qué iba a querer decir? ¡Pobrecita! Había perdido
la cabeza.
Lo dijo como si hablase de una desconocida. «¡Pobrecita!
» Sin asomo del menor sentimiento. «¿Qué iba a querer
decir?» Su hija acababa de morir. Todos los que habían
presenciado su muerte habían sentido el mismo estremecimiento.
«¡Mis hijos! ¡Mis hijos!» Sólo había perdido la
cabeza. «¡Tienes que encontrarlos!» Munda miraba a Mariana
sin entenderla. Resultaba incomprensible que no se
extrañase de las palabras de María Francisca. «¡Diles que yo
les quería!»
¡Pobre Xisca! Siempre supeditada a los deseos de su
madre, siempre callada, como si necesitase el permiso materno
para atreverse a respirar. Desde niña vivió oculta en
un caparazón que acabó por asfixiarla, una costra de silencio
que aumentaba en capas superpuestas a medida que
ella crecía, cada año una capa más, como los troncos de los
árboles. Inmóvil, incapaz de rebelarse contra un destino
que la ataba a sus raíces y tiraba de ella hacia el centro de la
Tierra. Enterrada en aquel caserón cuyos dormitorios Mariana
se había empeñado en mantener idénticos a los que
habían dejado en Manila en un intento absurdo de conservar
el pasado a través de las cosas, con esa obstinación por
acomodarse en el tiempo para negarle su capacidad de
avanzar. Los mismos muebles, las mismas lámparas, las mismas
cortinas pasadas de moda que su madre había llevado
de un extremo al otro del mundo.
Junto al cabecero de la cama de María Francisca, se encontraba
su confesor, don Ramón, un sacerdote enjuto,
alto y desgarbado, mucho más avejentado de lo que le correspondería
por su edad. Probablemente rondara los cincuenta
años, los mismos que pronto cumpliría Mariana.
Momentos antes de que muriera, el sacerdote había ungido
con los óleos los cinco sentidos de la enferma, mientras
todos los presentes entonaban el Mea culpa.
—Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros,
hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra,
obra y omisión.
Xisca había rezado con ellos en silencio, afirmando con
la cabeza y dándose golpes de contrición en el pecho.
—Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.
Y a cada golpe de arrepentimiento lo acompañaba una
lágrima que todos habían interpretado como de tristeza
por la despedida hasta que mencionó por primera vez a sus
hijos.
A Munda le pareció que el sacerdote aprovechaba ese
momento para dibujarle una cruz en la boca con sus ungüentos.
Xisca le miró entonces como si los secretos del
confesionario no fueran los únicos que compartiera con él,
y volvió a repetir: «¡Mis hijos, mis hijos!» Pero el sacerdote
continuó con la unción como si no la hubiera oído

HAIKU: Matsuo Bashoo


Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo. 
Matsuo Bashoo. Traducción de Octavio Paz (en colaboración con Eikichi Hayashiya).