sábado, 17 de diciembre de 2011

Dolor Común, de Miguel de Unamuno

  Cállate, corazón, son tus pesares
de los que no deben decirse, deja
se pudran en tu seno; si te aqueja
  un dolor de ti solo no acíbares
a los demás la paz de sus hogares
con importuno grito. Esa tu queja,
siendo egoísta como es, refleja
tu vanidad no más. Nunca separes
tu dolor del común dolor humano,
  busca el íntimo aquel en que radica
la hermandad que te liga con tu hermano,
el que agranda la mente y no la achica;
solitario y carnal es siempre vano;
sólo el dolor común nos santifica.

Al Oído De Una Muchacha de Federico García Lorca

No quise.
No quise decirte nada.

Vi en tus ojos
dos arbolitos locos.
De brisa, de risa y de oro.
Se meneaban.
No quise.
No quise decirte nada.

JOSÉ MARÍA VALVERDE : El Umbral de Poemas de Amor y Románticos

Mírala aquí delante.
Es la playa donde empieza el extraño
mar de la realidad. Toma su mano breve
y déjate llevar sin preguntar.
Esta mirada clara
ya la habías soñado; este cabello
rubio tiene la luz de tu ilusión más niña,
y, sin embargo, nada se parece.
No te sirve, ahora tienes
que comenzar por la primera letra.
Anda, llama a tus sueños, amánsalos, resígnalos
a fermentar ya hacerse de verdad.
Y tú, sal de tu miedo
antiguo, corazón, pasa el umbral
sin agacharte, ten valor para la dicha,
acepta la hermosura; ya eres hombre.
Échate a las espaldas
tu cariño empeñado en ser amor,
tu ceguedad, tu mundo; toca a Dios en su peso,
única voz que de El podrás sentir.
Anda, obedece y calla,
porque para eso fuiste siempre niño
bueno y sumiso; haciendo la costumbre y el símbolo
de esta nueva obediencia más profunda.
Sí, ahora eres digno
de la vida. Hasta ella te ha elevado
tu soñar doloroso de adolescencia, como
una oración que pide lo que ignora.
Y no por prepararte
-ya ves todo qué extraño, qué distinto-,
sino por esa gota de nobleza en los ojos
con que vas a aprender la realidad.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Haruki Murakami: Kafka en la orilla

Tu corazón es como un gran río crecido tras un largo periodo de lluvias. Los postes indicadores del camino están, todos sin excepción sumergidos en la corriente, o tal vez hayan sido arrastrados a otro lugar oscuro. Y la lluvias sigue cayendo torrencialmente sobre el río. Y cada vez que veas en las noticias las imágenes de unas inundaciones pensarás ‹‹Sí, justo. Ése es mi corazón››
Haruki Murakami, Kafka en la orilla

Arthur Rimbaud: Sueño de invierno

En el invierno viajaremos en un vagón de tren con asientos azules.
Seremos felices. Habrá un nido de besos
oculto en los rincones.
Cerrarán sus ojos para no ver los gestos
en las últimas sombras, esos monstruos huidizos, multitudes oscuras de demonios y lobos.
Y luego en tu mejilla sentirás un rasguño...
un beso muy pequeño como una araña suave
correrá por tu cuello...
Y me dirás: «¡búscala!», reclinando tu cara -y tardaremos mucho en hallar esa araña, por demás indiscreta

jueves, 24 de noviembre de 2011

Henry David Thoreau

Me interné en los bosques porque quería vivir intensamente; quería ‘sacarle el jugo’ a la vida. Desterrar todo lo que no fuese vida, para así, no descubrir en el instante de mi muerte que no había vivido.
 Henry David Thoreau

"Tiempo de arena", Inma Chacón

Las últimas palabras de María Francisca fueron para sus hijos.
Ninguno de los que rodeaba la cama de la enferma conocía
la existencia de aquellos niños, pero, para sorpresa
de todos, María Francisca no dejaba de repetir.
—¡Mis hijos! ¡Mis hijos!
Murió como siempre había vivido, bajo la mirada atenta
de Mariana, su madre, tratando de evadirse de la presión de
su mano y sabiendo que la defraudaba una vez más, como
tantas otras a lo largo de su vida, con aquella muerte que
dejaba el marquesado de Sotoñal sin heredero legítimo,
una cadena que la amordazaba desde que abrió los ojos en
Filipinas hacía veintinueve años, cuando el archipiélago
aún pertenecía a la Corona de España.
Sobre la puerta de cedro de su habitación, oscura y fría
como todos los muebles que la rodeaban, colgaba una sobrepuerta
de madera semicircular con el dibujo de un ángel
que sujetaba dos pilas de libros, una con cada mano.
Los brazos ligeramente arqueados hacia delante, el cuerpo
erguido y las alas extendidas a su espalda, como abanicos
de seda. Delante de él, una bola de cristal donde se reflejaba
el lomo de un libro que se encontraba separado del resto,
colocado horizontalmente sobre el suelo. El único que
no rozaba las alas del ángel.
María Francisca miró la sobrepuerta y luego a su tía
Munda, quien se inclinó hacia su boca después de que ella
le indicara con un gesto que quería hablarle.
—¡Tienes que encontrarlos! ¡Diles que yo les quería!
¡Mis hijos! ¡Mis hijos!
Unos segundos después, la joven expulsó el poco aire
que le quedaba en los pulmones y dejó la mirada clavada
en el ángel del cuadro de madera.
Munda miró a su hermana mayor en busca de una explicación,
pero Mariana permanecía impasible, sujetando
la mano de su hija como si aún pudiera controlarla. Hacía
tres meses que la tuberculosis se había cebado en ella hasta
consumirla. La misma enfermedad que se había llevado a
su madre y a su padre. Una maldición que parecía haber
heredado la familia junto con el título que tanto le había
importado siempre a Mariana.
La marquesa le devolvió la mirada a Munda sin cambiar
el gesto. Ni una sola lágrima que nublara sus ojos azules, ni
un quejido por la muerte de su hija, ni un parpadeo. A
Munda no le extrañó aquella actitud, la había visto con demasiada
frecuencia. Mariana no lloraba. La última vez que
la había visto llorar fue ante el cadáver de su madre, aquel
cuerpo reducido y triste que nunca aceptó que el puesto
que había ocupado junto a su esposo no estuviera destinado
sólo a ella, sino a una cohorte de amantes con la que
debía compartirlo casi todo, excepto el título que la había
convertido en «la señora marquesa». No lloró cuando murió
su hijo, al poco tiempo de nacer en Manila, en brazos
de su nodriza tagala, asfixiado por un alfiler de plata que la
propia Mariana le había prendido en los volantes de la blusa;
estaba grabado con el escudo del marquesado, como todos
los objetos que pertenecían a la casa de Sotoñal. Tampoco
cuando murió su padre en el barco en que la familia
regresó de Manila en 1896, dos años antes de que los filipinos
se arrojaran en brazos de los estadounidenses creyen9
do que los ayudarían a ganar la independencia, sin saber
que éstos tratarían de eliminar todo vestigio español o indígena
que encontraran a su paso. Ni siquiera se le escapó
una lágrima cuando, a las pocas semanas de llegar a Toledo,
recibió la noticia de que su marido había muerto en
ultramar, junto con la mayoría de los soldados que capitaneaba
en contra de los insurrectos.
No. Mariana Camp de la Cruz no lloraba. No sabía y,
aunque hubiera sabido, su linaje no se lo habría permitido.
La nobleza no puede mostrar sus sentimientos, sería como
rebajarse hasta lo más primitivo, equipararse a la vulgaridad
de los que no tienen la obligación de defender un apellido,
una casta, un privilegio que lleva aparejadas algunas servidumbres.
Y controlar el llanto se encontraba entre ellas.
Munda era diferente. Había huido de toda esa hipocresía
hacía mucho tiempo. No soportaba las rigideces de un
protocolo que no escondía más que desigualdades e injusticia.
Desde que llegaron a Toledo procedentes de Manila,
hacía veintiséis años, sólo pensaba en escapar. La asfixiaban
los ojos vigilantes de su hermana. Su forma de querer
controlar cuanto sucedía a su alrededor, no sólo en la casa
familiar, sino también en aquella ciudad en la que la jerarquía
eclesiástica compartía la abundancia de las mesas de
quienes les negaban el pan y la sal a los que no tenían nada.
Su hermana pequeña, Alejandra, lloraba abrazada a su
sobrina y le dirigió a Mariana la pregunta que la propia
Munda no dejaba de hacerse.
—¿Qué ha querido decir?
Mariana se adelantó a cualquier conjetura antes de que
nadie se atreviera a sugerirla.
—Tenía muchísima fiebre. Estaba delirando.
Pero Munda no la creyó. Nadie que hubiera escuchado
la angustia de María Francisca la habría interpretado así.
10
—No se delira de ese modo ante la muerte. ¿Qué trataba
de decir? ¿De qué hijos hablaba?
—¿Qué iba a querer decir? ¡Pobrecita! Había perdido
la cabeza.
Lo dijo como si hablase de una desconocida. «¡Pobrecita!
» Sin asomo del menor sentimiento. «¿Qué iba a querer
decir?» Su hija acababa de morir. Todos los que habían
presenciado su muerte habían sentido el mismo estremecimiento.
«¡Mis hijos! ¡Mis hijos!» Sólo había perdido la
cabeza. «¡Tienes que encontrarlos!» Munda miraba a Mariana
sin entenderla. Resultaba incomprensible que no se
extrañase de las palabras de María Francisca. «¡Diles que yo
les quería!»
¡Pobre Xisca! Siempre supeditada a los deseos de su
madre, siempre callada, como si necesitase el permiso materno
para atreverse a respirar. Desde niña vivió oculta en
un caparazón que acabó por asfixiarla, una costra de silencio
que aumentaba en capas superpuestas a medida que
ella crecía, cada año una capa más, como los troncos de los
árboles. Inmóvil, incapaz de rebelarse contra un destino
que la ataba a sus raíces y tiraba de ella hacia el centro de la
Tierra. Enterrada en aquel caserón cuyos dormitorios Mariana
se había empeñado en mantener idénticos a los que
habían dejado en Manila en un intento absurdo de conservar
el pasado a través de las cosas, con esa obstinación por
acomodarse en el tiempo para negarle su capacidad de
avanzar. Los mismos muebles, las mismas lámparas, las mismas
cortinas pasadas de moda que su madre había llevado
de un extremo al otro del mundo.
Junto al cabecero de la cama de María Francisca, se encontraba
su confesor, don Ramón, un sacerdote enjuto,
alto y desgarbado, mucho más avejentado de lo que le correspondería
por su edad. Probablemente rondara los cincuenta
años, los mismos que pronto cumpliría Mariana.
Momentos antes de que muriera, el sacerdote había ungido
con los óleos los cinco sentidos de la enferma, mientras
todos los presentes entonaban el Mea culpa.
—Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros,
hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra,
obra y omisión.
Xisca había rezado con ellos en silencio, afirmando con
la cabeza y dándose golpes de contrición en el pecho.
—Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.
Y a cada golpe de arrepentimiento lo acompañaba una
lágrima que todos habían interpretado como de tristeza
por la despedida hasta que mencionó por primera vez a sus
hijos.
A Munda le pareció que el sacerdote aprovechaba ese
momento para dibujarle una cruz en la boca con sus ungüentos.
Xisca le miró entonces como si los secretos del
confesionario no fueran los únicos que compartiera con él,
y volvió a repetir: «¡Mis hijos, mis hijos!» Pero el sacerdote
continuó con la unción como si no la hubiera oído

HAIKU: Matsuo Bashoo


Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo. 
Matsuo Bashoo. Traducción de Octavio Paz (en colaboración con Eikichi Hayashiya).

lunes, 21 de noviembre de 2011

Pablo Neruda (Chile, 1904 -1973)




"He aquí que el silencio fue integrado
por el total de la palabra humana,
y no hablar es morir entre los seres:
se hace lenguaje hasta la cabellera,
habla la boca sin mover los labios,
los ojos de repente son palabras...

...Yo tomo la palabra y la recorro
como si fuera sólo forma humana,
me embelesan sus líneas
y navego en cada resonancia del idioma..."

José Hierro (España, 1922 - 2002)


..La poesía es como el viento,
o como el fuego, o como el mar.
Hace vibrar árboles, ropas,
abrasa espigas, hojas secas,
acuna en su oleaje
los objetos que duermen en la playa..."

Dulce Chacón: Algún amor que no mate

" Prudencia, hija, deberías haber aprovechado y hablar con el representante, ya ves cómo los hombres no son todos iguales, como dices tú. Contarle tus penas. Porque de mí estás un poco cansada, y yo de ti, Prudencia. Por eso esta mañana, cuando me dijiste que tú también ibas a morirte me entró alivio por dentro y no te pregunté de qué. "

“Silogismos de la amargura”: E. M. Ciorán

“Aunque pudiera luchar contra un ataque de depresión, ¿en nombre de qué vitalidad me ensañaría con una obsesión que me pertenece, que me precede? Encontrándome bien, escojo el camino que me place; una vez “tocado”, ya no soy yo quien decide: es mi mal. Para los obsesos no existe opción alguna: su obsesión ha elegido ya por ellos. Uno se escoge cuando dispone de virtualidades indiferentes; pero la nitidez de un mal es superior a la diversidad de caminos a elegir. Preguntarse si se es libre o no: bagatela a los ojos de un espíritu a quien arrastran las calorías de sus delirios. Para él, ensalzar la libertad es dar pruebas de una salud indecente.
¿La libertad? Sofisma de la gente sana.
Si apenas he obtenido ideas de la tristeza, es porque la he amado demasiado para empobrecerla ejercitándome en ella.
Somos todos unos farsantes. Sobrevivimos a nuestros problemas.
Sufrimos: el mundo exterior comienza a existir…; sufrimos demasiado: desaparece. El dolor lo suscita únicamente para desenmascarar su irrealidad.
Cuanto más difuso sea el objeto de una pasión, mejor ella nos destruye; la mía fue el Hastío: sucumbí a su imprecisión”.

El nombre de la rosa, Umberto Eco

"En este ocaso somos aún antorchas, luz que sobresale en el horizonte. Y, mientras esta muralla resista, seremos custodios de la Palabra divina.

-Así sea –dijo Guillermo con tono devoto–. Pero, ¿qué tiene que ver eso con la prohibición de visitar la biblioteca?

-Mirad, fray Guillermo –dijo el Abad–, para poder realizar la inmensa y santa obra que atesoran aquellos muros –y señaló hacia la mole del edificio, que en parte se divisaba por la ventana de la celda, más alta incluso que la iglesia abacial– hombres devotos han trabajado durante siglos, observando unas reglas de hierro. La biblioteca se construyó según un plano que ha permanecido oculto durante siglos, y que ninguno de los monjes está llamado a conocer. Sólo poseé ese secreto el bibliotecario, que lo ha recibido del bibliotecario anterior, y que, a su vez, lo transmitirá a su ayudante, con suficiente antelación como para que la muerte no lo sorprenda y la comunidad no se vea privada de ese saber. Y los labios de ambos están sellados por el juramento de no divulgarlo. Sólo el bibliotecario, además de saber, está autorizado a moverse por el laberinto de los libros, sólo él sabe dónde encontrarlos y dónde guardarlos, sólo él es responsable de su conservación. Los otros monjes trabajan en el scriptorium y pueden conocer la lista de los volúmenes que contiene la biblioteca. Pero una lista de títulos no suele decir demasiado: sólo el bibliotecario sabe, por la colocación del volumen, por su grado de inaccesibilidad, qué tipo de secretos, de verdades o de mentiras encierra cada libro. Sólo él decide cómo, cuándo, y si conviene, suministrarlo al monje que lo solicita, a veces no sin antes haber consultado conmigo. Porque no todas las verdades son para todos los oídos, ni todas las mentiras pueden ser reconocidas como tales por cualquier alma piadosa, y, por último, los monjes están en el scriptorium para realizar una tarea determinada, que requiere la lectura de ciertos libros y no de otros, y no para satisfacer la necia curiosidad que puedan sentir, ya sea por flaqueza de sus mentes, por soberbia o por sugestión diabólica."

El Corsario (Lord Byron)

"¿Qué es la muerte? La muerte es el reposo, cobarde, eterno, aborrecible... ¡Sea! Serenos aguardémosla. Apuremos la vida de la vida, y después venga fiebre traidora o descubierto acero implacable a romper su débil hebra. Cobardes otros, de vejez avaros, revuélquense en el lecho que envenena dolencia inmunda, y el impuro ambiente con flaco pecho aspiren y fallezcan luchando con la muerte.

¡Oh, no a nosotros fúnebre lecho de agonía lenta, ¡césped fresco es mejor! Y mientras su alma sollozo tras sollozo tarda quiebra los nudos de la vida, de un impulso sus ligaduras rompe y se liberta osado nuestro espíritu. Sus restos del blanco mármol de su tumba estrecha, grabado por el mismo que su muerte hipócrita anhelaba, se envanezcan. Cuando sepulte el mar nuestro cadáver le bastará una lágrima sincera, ¡una lágrima sola! Henchido el vaso del alegre festín en la ancha mesa honra de nuestros bravos la memoria.

Siddharta: Hermann Hesse

"-Cada uno da lo que tiene. El guerrero da fuerza; el comerciante, mercancía; el profesor, enseñanza; el campesino, arroz; el pescador, peces.
-Muy bien. ¿Y qué es, pues, lo que tú puedes dar? ¿Qué es lo que has aprendido? ¿Qué sabes hacer?
-Sé pensar. Esperar. Ayunar.
-¿Y eso es todo?
-¡Creo que es todo!
-¿Y para qué sirve? Por ejemplo, el ayuno... ¿Para qué vale?
-Es muy útil, señor. Cuando una persona no tiene nada que comer, lo más inteligente será que ayune. Si, por ejemplo, Siddharta no hubiera aprendido a ayunar, hoy mismo tendría que aceptar cualquier empleo, sea en tu casa o en cualquier otro lugar, pues el hambre le obligaría. Sin embargo, Siddharta puede esperar tranquilamente, desconoce la impaciencia, la miseria; puede contener el asedio del hambre durante mucho tiempo y, además, puede echarse a reír. Para eso sirve el ayuno, señor. "

Breviario de pobredumbre: Emile Cioran


" Me seducen las distancias lejanas, el inmenso vacío que proyecto sobre el mundo. Crece en mí una sensación de vaciedad; se infiltra en mi cuerpo como un fluido ligero e impalpable. En su avance, como una dilación hasta el infinito, siento la presencia misteriosa de los sentimientos más contradictorios que ha acogido jamás el alma humana. Soy feliz e infeliz a la vez. Estoy exaltado y deprimido, desbordado por el placer y la desesperación en la más contradictoria de las armonías. Estoy tan alegre y tan triste que en mis lágrimas se reflejan el cielo y la tierra al mismo tiempo. Aunque sea solamente por la alegría de mi tristeza, querría que no hubiera más muerte en esta Tierra. "

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Antonio Machado

Camino al andar
Al andar de hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino,
sino estelas en la mar.

Luis Sepúlveda. Un viejo que leía novelas de amor

Capítulo II

Portada de la novela de Luis Sepúlveda
El alcalde, único funcionario, máxima autoridad y representante de un poder demasiado lejano como para provocar temor, era un individuo obeso que sudaba sin descanso.

Decían los lugareños que la sudadera le empezó apenas pisó tierra luego de desembarcar del Sucre, y desde entonces no dejó de estrujar pañuelos, ganándose el apodo de la Babosa.

Murmuraban también que antes de llegar a El Idilio estuvo asignado en alguna ciudad grande de la sierra, y que a causa de un desfalco lo enviaron a ese rincón perdido del oriente como castigo. Sudaba, y su otra ocupación consistía en administrar la provisión de cerveza. Estiraba las botellas bebiendo sentado en su despacho, a tragos cortos, pues sabía que una vez terminada la provisión la realidad se tornaría más desesperante.

Cuando la suerte estaba de su parte, podía ocurrir que la sequía se viera recompensada con la visita de un gringo bien provisto de whisky. El alcalde no bebía aguardiente como los demás lugareños. Aseguraba que el Frontera le provocaba pesadillas y vivía acosado por el fantasma de la locura. Desde alguna fecha imprecisa vivía con una indígena a la que golpeaba salvajemente acusándola de haberle embrujado, y todos esperaban que la mujer lo asesinara. Se hacían incluso apuestas al respecto.

Desde el momento de su arribo, siete años atrás, se hizo odiar por todos. Llegó con la manía de cobrar impuestos por razones incomprensibles. Pretendió vender permisos de pesca y caza en un territorio ingobernable.

Quiso cobrar derecho de usufructo a los recolectores de leña que juntaban madera húmeda en una selva más antigua que todos los Estados, y en un arresto de celo cívico mandó construir una choza de cañas para encerrar a los borrachos que se negaban a pagar las multas por alteración del orden público.

Su paso provocaba miradas despectivas, y su sudor abonaba el odio de los lugareños. El anterior dignatario, en cambio, sí fue un hombre querido. Vivir y dejar vivir era su lema. A él le debían las llegadas del barco y las visitas del correo y del dentista, pero duró poco en el cargo.

Cierta tarde mantuvo un altercado con unos buscadores de oro, y a los dos días lo encontraron con la cabeza abierta a machetazos y medio devorado por las hormigas.




Victor Hugo: El Rin

No soy nada, lo sé; pero completo mi nada con un poco de todo

lunes, 14 de noviembre de 2011

José Ortega y Gasset: El espectador



" La verdad, lo real, el universo, la vida - como queráis llamarlo - se quiebra en facetas innumerables, en vertientes sin cuento, cada una de las cuales da hacia un individuo. Si éste ha sabido ser fiel a su punto de vista, si ha resistido a la eterna seducción de cambiar su retina por otra imaginaria, lo que ve será un aspecto real del mundo. Y viceversa: cada hombre tiene una misión de verdad. Donde está mi pupila no está otra; lo que de la realidad ve mi pupila no lo ve otra. Somos insustituibles, somos necesarios. Dentro de la humanidad cada raza, dentro de cada raza cada individuo es un órgano de percepción distinto de todos los demás y como un tentáculo que llega a trozos de universo para los otros inasequibles. La realidad, pues, se ofrece en perspectivas individuales. Lo que para uno está en último plano, se halla para otro en primer término. El paisaje ordena sus tamaños y sus distancias de acuerdo con nuestra retina, y nuestro corazón reparte los acentos. La perspectiva visual y la intelectual se complican con la perspectiva de la valoración. "